Pocas mujeres en Chile son capaces de enfrentar desafíos y empezar de cero empresas de vida. Doña Clara fue una de ellas. Mantuvimos largas charlas en su oficina y de un tema íbamos a otro, como grandes conocedoras de historias. Me maravilló siempre la manera que tenía de ver las cosas y a las personas. Desde pequeña fue siempre tajante y con respuesta a todo. Perdió a su padre muy tempranamente y su madre no podía sola con tanto niño pequeño, por ello recurrió a parientes para que la ayudaran con la crianza de los hijos. El papel de padre lo cumplió su hermano mayor que se transformó en su adoración que, por los demás, era mutua. Él le enseñó la responsabilidad a toda prueba, a sobrevivir en la sociedad, a que, cuando hay propósitos en la vida hay que lograrlo y si ello amerita sacrificios, hay que hacerlos. Esta misma característica le hizo ser obstinada y le permitió conseguir imposibles. También le generó envidias y enemigos, pero me decía. “no se puede andar por la vida sin enemigos” y en cuanto a las envidias” lo hacen porque me admiran” y reíamos de esas pequeñas cosas y de las anécdotas que había vivido.
Cuando nos conocimos allá por Febrero de 1986, nos pusimos a conversar largamente como amigas de siempre, no sé por qué ni cómo, pero esto trajo varios recados por citófono y llamadas telefónicas que desestimó por continuar la conversación. Después de un tiempo dijo: “te quedas conmigo porque eres la primera profesora de filosofía cuerda que conozco” y así comenzamos a conocernos
“te quedas conmigo porque eres la primera profesora de filosofía cuerda que conozco”.
Cuando me contó de los inicios del Colegio Alberto Hurtado, viniendo de Bollenar, con la Srta Adriana López, a unos años de titulada en la Escuela Normal de Santiago a fines del año 1952 y comienzos del año 1953, y dispuestas a colocar un Colegio que le diera prestigio a la ciudad, tuvieron que hacer mesas y bancos de colegio con sus propias manos, dejando de comer para poder levantarlo, es digno de respeto. La madera que utilizaban era la de los cajones de Té, de esos antiguos que se desechaban, trabajan 24 horas, para hacer habitable un terreno que tenía: un galpón mal tenido que albergaba algunos equinos, y otros animales, además de expuesto porque no tenía cierres y solo piso de tierra. Dos mujeres solas, en un periodo de machismo puro, donde era mal visto que estuvieran solas y peor aún, que pretendieran tener un Colegio, indudablemente hacia que los rumores se multiplicaran, pero poco a poco, fueron ganándose el respeto y admiración.
Los vecinos del cerro Mesilla entendieron que el Colegio traería prosperidad y una mejoría educacional al sector, comenzando a apoyarle y a llevar a sus hijos al Colegio.
Un Colegio que en sus comienzos era particular y sólo de Educación Básica. Con la anuencia de los sacerdotes de la Congregación San Vicente de Paul, quienes eran dueños del terreno abandonado en ese entonces, el proyecto comenzó a tomar forma hasta lo que es hoy. De 10 alumnos con que comenzó a los 600 aproximados que hoy posee, de una multi aula a las que tiene hoy, más los tres laboratorios computacionales, el laboratorio de ciencias, el salón de actos (que lleva su nombre),las dependencias administrativas y de apoyo, en fin, creo que ella se siente plena. Alguien dijo por ahí, que el ser humano tiene dos grandes formas de quedar en la historia: en la memoria de sus descendientes y por sus obras. Doña Clara no imaginó la gran obra que dejaría ni los alcances que esta tendría. He aquí que sigue viviendo a través de cada niño, joven que pasa por las aulas del Colegio “Alberto Hurtado Segundo” y en cada persona que alcanzó a conocerla.
En mi caso, no fue mi profesora de aula pero si mi profesora de vida profesional. Y, al igual que muchos, me enorgullece haberla conocido en distintas facetas que otros desconocieron. El ser ambas mujeres educadoras, me permitió aprender y aún lo hago, tal cual me dijo:” nunca te canses de lo que haces. El ser maestra es ingrato, muchos creerán saber más que tú, pero no te amargues, sigue adelante, verás que eres mejor que ellos”. Tengo montones de consejos que me dio y que guardo celosamente, porque me permiten continuar por la senda que, cuando la conocí no sabía que tomaría.
Todos necesitamos de alguien que nos oriente, que nos marque con su sabiduría, en diferentes aspectos de la vida, Doña Clara hizo eso, no sólo conmigo sino con muchos otros que espero que al leer esta breve reseña traiga muchos recuerdos cariñosos de su persona a los momentos actuales.